Sábado, 28 de Julio de 2007 a las 21:11

Cosmogonía: “aproximación a…”, parte 1ª

Toda esta historia procede, como casi siempre por otro lado, del principio de los tiempos, en ese punto intermedio entre el orden y el caos, la utopía y la realidad, la verdad y la fantasía; o sea, del sueño que tuvo un niño, un niño que miraba un grupo de muñequitos musicales. En realidad nunca supo si él soñaba con aquellos muñecos o ellos le soñaban a él… De cualquier manera, aquel niño, como cualquier otro niño, contaba con un Loco del Sombrero, con un Alquimista, un Negro cimbreante y un Sastre de Cañones. Y el niño los puso a tocar y a cantar: sonaba algo así como “sólo queremos cantar”. Y el niño decidió que aquello era bueno.

Los muñequitos empezaron a cantar y bailar por doquiera que fuesen, amenizando la noche de los vecinos, de los curiosos que paraban por la calle a escucharles, de algún que otro gato despistado de esos de cola partida que acechan los tejados. Y, con un poquito de tiempo, una ramita de suerte y una cucharada de impaciencia, éstos salieron a la vida, como suele ocurrir con los muñecos bien adiestrados por sus dueños. Y en la parada del autobús, mientras esperaban para coger el ocho o el nueve, ahora no recuerdo, se encontraron con una linda Aprendiz de Hechicera que subieron al barco (ejem, perdón, la barca…). Junto al Escucha del Viento inventaron nuevos colores, probaron los sabores de las notas musicales, interpretaron las razones de los perros…

Juntos crecieron y empezaron a darle vueltas al mundo y a la cabeza, a analizar el concepto de “La Barca de Sua”, utilizado por el doctor Jahra Zen en su análisis mitopoiético de la historia de Simbeck, todo un referente, como se sabe, de vida viva, de lo verde, de la lucha sencilla y solidaria contra la muerte que nos venden, del viaje que nos lleva. Y es que, como dice Zen, “hay que tener siempre el volar de asonarse al fruturo con las hojas bien abiertas”.

A partir de aquí, con la bodega siempre llena y las ideas bien claras, levaron anclas para despedirse de aquel niño prístino, pero siempre llevándolo bien cerca del corazón de trapo y la memoria de lata. Todavía, si les enseñas una foto de él, sueltan alguna tierna lagrimita al compás de las olas del viento y las ráfagas de sol.


								

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